Se me había olvidado que tenía blog. Y lo digo en serio. Qué preocupante. Había pensado en convertir esto en un fotoblog o algo así, pero para qué engañarnos, soy incapaz de mantener cierta regularidad con la cámara. Y eso, niños y niñas, es el Gran Inconveniente de las ‘cámaras grandes’, que solo se las saca a pasear en eventos especiales.
Y es una pena, porque esta misma mañana hubiese podido hacer un foto-reportaje bastante resultón. Lo hubiese titulado “Damnificados del transporte público”. Es como si pudiese verlo…
En las primeras tomas de la serie, veríamos caras soñolientas y resignadas apoyando sus respectivas humanidades en cualquier hueco disponible. Los más afortunados, acurrucados en su codiciado asiento. Los menos, haciendo equilibrios y perfeccionando el arte de dormir de pie.
Los más avispados observarían un curioso patrón en la disposición de la gente que no ha sido tan afortunada como para encontrar dónde reposar el pandero: todos arremolinados cerca de asientos ocupados por mujeres suramericanas. Todos en estado de alerta, con los músculos faciales contraídos en un rictus de anticipación, las rodillas flexionadas y dispuestas a saltar a por su presa, esperando el momento en el que el tren llegue a la parada de un pueblo con una renta per cápita de alto standing para que las viajeras sureñas bajen en tropel a sus respectivos trabajos de nanny o señora de la limpieza.
Y en ese momento de tensión extrema, con la adrenalina fluyendo a raudales por las venas de los sacrificados viajeros, el tren se para antes de llegar a la parada. Entonces las fotos del reportaje mostrarían caras de resignación.
Cinco minutos después, la resignación se habría convertido en fastidio.
Tras diez minutos más de estacionamiento forzado entre paradas, el fastidio daría paso a la alarma. El movimiento volvería a adueñarse del antes inmóvil parque humano con decenas de manos echando mano a bolsos y bolsillos, sacando móviles y llevándoselos a la oreja.
Pero sería cuando hubiese pasado más de media hora cuando las fotografías adquiriesen mayor dramatismo con escenas de pánico desatado, niños llorando histéricos, sureñas tratando de tirarse por las ventanas, el resto diciéndoles que no, que no fueran tontas, que las ventanas no se podían abrir. El caos absoluto, vamos.
…Lástima no haber tenido la cámara a mano esta mañana. Creo que hubiese ganado un Pulitzer.
p.d. de haberse alargado el asunto, estando ahí encerrados sin nada de comer o de beber, yo hubiese tenido claro lo que hacer: matar tres pájaros de un tiro zampándome a los niños lloricas, así ni tendría hambre, ni tendría que soportar los berridos crispantes de los enanos, y habría más espacio en el vagón. Inteligente, eh?















